miércoles, 29 de abril de 2020

Relato: Un Piso Especial




UN PISO ESPECIAL
Nueva compañera

No podía creer lo que estaba por hacer.

¡Por fin lo había conseguido!

Había convencido a mis padres que me dejaran iniciar mi vida a pesar de mi juventud. Nací en un pueblo bastante pequeño. Por eso me costó que mis padres me dejaran emanciparme… por eso y por su forma de crianza y de pensar, que ellos pensaban que había nacido para casarme y nada más. Me resulto difícil los inicios pero no me importaba, conseguí sacarme una carrera en la ciudad. Cuando acabé mis estudios, me costaba pensar en volver al pueblo. No quería volver a encerrarme en ese ambiente y como me costaba salir adelante por mí misma, decidí muy a mi pesar quedarme compartiendo piso.

Tuve suerte y pronto encontré un trabajo que mi sueldo me permitía poder vivir sola. Pasaron un par de años maravillosos, conocí a un chico ideal, a veces me decía a mi misma «tanta felicidad no es buena, por algún lado tenía que salir mal» Estuvimos casi cinco años y al cabo de ese tiempo, nos dimos cuenta que la cosa no funcionó y volví a quedarme en casa sola. Algo que agradecí.

Sin embargo en esa época, hubo recortes en mi empresa y si quería mantener mi empleo, debía trabajar menos horas y cobrar menos o irme a la calle. Y acepté. El problema es que no llegaba a bien a fin de mes y no podía mantener el piso yo sola.


Estaba harta de ir siempre apurada y decidí volver a mi pasado y compartir piso. Me costó bastante tomar la decisión, porque cuando te acostumbras a vivir sola, es como dar un paso atrás. Por otra parte, también pensaba que podía ser divertido estar con más gente y me daba cuenta de que antes la gente compartía piso a los 20, pero tal y como anda el patio en la actualidad, está a la orden del día seguir haciéndolo a los 30, a los 40...

No queda de otra si quieres ir más o menos bien.

Cuando le dije a Lucrecia, una de mis mejores amigas, que había tomado esa decisión, me propuso buscar piso juntas. Ella se acababa de separar y tampoco podía permitirse vivir sola. Me pareció una idea genial, ya que siempre nos habíamos llevado bien y así no tendría que convivir con un extraño. Lo que pasaba es que para los pisos que encontrábamos nos pedían muchas garantías: varios meses de fianza, avales... y cosas por el estilo. Teníamos pocos ahorros y no veíamos solución, pero después de estar casi un mes «pateando» la ciudad, nos enteramos de que había una chica que ofrecía dos habitaciones en un piso. Nosotras nos habíamos hecho a la idea de estar las dos solas, pero fuimos a ver la casa y nos encantó. Además, Laura, la propietaria, nos cayó fenomenal. Nada más salir de allí. Fuimos a conversar a una cafetería que vimos al otro lado de la calle.

—¿Tu que dices Lu?

—No se tía, parece buen rollo ¿no crees?

—Pienso que sí, pero ya sabes cómo son estas cosas y si luego nos arrepentimos, y si es una loca que…

—¡Frena Bárbara… frena! Relax… —tan tranquila siempre mi amiga y yo tan peliculera.

—Vale… pues… no se… ¿qué hacemos? —le pregunte con voz preocupada.

Dudamos unos segundos para chocar las manos mientras ambas a la vez decíamos: ¡Nos quedamos!


Cuando nos trasladamos, me dio un poco de penita dejar el piso en el que había vivido tanto tiempo. Lo observe unos minutos y pasee por el unas cuantas veces antes de cerrarlo por completo, pero intenté superar la nostalgia e ilusionarme con el futuro que me venía por delante. Una vez instaladas, hicimos una cena las tres y nos lo pasamos muy bien. Lucrecia y yo estábamos seguras de que habíamos tomado una buena decisión.

Al cabo de un par de meses, Lucrecia llego feliz a casa contándome cosas nuevas.

—¡Bárbara le he conseguido! ¡Por fin me he atrevido y he conseguido una cita con el hombre de mis sueños! —me decía dejándose caer en el sofá que yo ya estaba sentada.

—¡Me alegro mucho por ti! —Iguale su efusión mientras le di un beso en su cabeza que ya la tenía apoyada en mi hombro—. ¿Y a quien te refieres de ellos? —Ella siempre se emocionaba y aunque lo buscaba con ansias mi amiga siempre se enamoraba como si no hubiera un mañana—. A Lucas… a Berto… a…

—Rafa… a Rafa ojos azules —me decía embelesada.

Le di la enhorabuena una vez más y la deje hablar mientras me contaba como había conseguido realizar toda su hazaña para conseguir una cita y así conquistarlo, estaba feliz. Los meses siguientes Rafa venía de vez en cuando al piso y a veces, se quedaba a dormir. Por supuesto mi amiga le consultó a Laura si le importaba y ella le dijo que no, que no había problema.

Laura siempre era muy simpática con Rafa. Bueno en realidad era amable con toda persona que entrara en la casa. Pero un día, Lucrecia me llamo por teléfono a mi trabajo pidiéndome que quería quedar conmigo para tomar un café... me dijo que quería conversar conmigo pero fuera de la casa para que no se enterara Laura.


Al llegar a mi cita con ella la vi sentada en la mesa del fondo en la cafetería que solíamos ir.

—¿Que pasa Lucrecia? —le preguntaba mientras ya me sentaba frente a ella.

—He estado hablando con Rafa, y aunque él no me lo quería decir por qué quería respetar la amistad y la convivencia que tenemos las tres en casa pero… pero por fin se lo he sacado.

—¿El qué?

—En más de una ocasión Laura se le ha insinuado y ha tratado de enrollarse con él.

—¡Venga ya! —mi desconcierto iba en aumento.

—¡Bárbara por favor…! tú sabes que yo… no soy de creer estas cosas, que valoro mucho la amistad, pero conozco a mi novio y confío en él. He estado observándola en un par de fiestas y la he pillado en cosas raras.

Igual Rafa ha malinterpretado alguna broma, no me imagino a Laura haciendo algo así.

—¿Y a mi novio si? ¿O a mí? Bárbara… a esa tía hace unos meses que la conoces… ¿a mi cuánto? —se levantó y se fue muy enfadada.

Los días siguientes Lucrecia seguía enfadada, porque pensaba que no la creía y no era eso. Es que a veces las cosas se sacan de contexto y yo trataba de ser objetiva. La relación entre mis compañeras de piso se volvió muy tensa. Lucrecia intentaba pisar poco la casa y se iba a la de Rafa, así que yo pasaba más tiempo con Laura y esa cercanía hizo que acabáramos haciéndonos buenas amigas.

Un día vino a verme un compañero de trabajo y se quedó a cenar con nosotras. Me contó que se había enterado de que iban a abrir una nueva empresa que buscaba gente con mi perfil y me dio los datos para que si quería enviara mi currículum. Se lo agradecí mucho porque en esa nueva empresa tendría una buena subida de sueldo que en mi trabajo actual no tenía. Pensé rápido que me proporcionaría dejar de compartir una casa y así avanzar a un nuevo futuro. Esa noche la pase emocionada con ese trabajo. 

De mis sueños despiertos me saco una llamada desagradable.


Mi madre se había puesto muy enferma y tuve que correr al hospital a su lado para ayudarla en su proceso. Los médicos no nos daban buenas noticias. Junto a mi padre rezábamos por una cura milagrosa. No había palabra de consuelo en esos momentos. Mientras tomaba un té relajante caliente tratando de calmar mis nervios, llame a Laura para que enviara mi currículum y ella me dijo que no había problema que ella se encargaría de todo. No volví a pensar en aquello, porque estaba demasiado preocupada por mi madre.

La tragedia se había cebado conmigo. Mi madre había perdido su vida en un derrame cerebral. Lo único bueno de todo eso, que ella no había sufrido dolor alguno o eso fue lo que los médicos nos dijeron.

Una par de semanas después, Laura me pidió conversar durante una de nuestras cenas.

—Escúchame Bárbara. Sé que no estás en condiciones pero debo pedirte una cosa. Quiero que te vayas de mi casa. El día que me pediste mandar tu currículum a esa nueva empresa de tu amigo. No te quiero mentir más. Mande el mío en lugar del tuyo y me han cogido para el puesto de trabajo. Así que ya no necesito a nadie aquí en mi casa para compartir gastos. Mañana te quiero fuera de aquí. Ya te mandare tus cosas al lugar que me digas.

No salía de mi asombro, la frialdad de su cuerpo, de sus palabras al decirme como me había traicionado, como había utilizado mi contacto para quedarse ella con el puesto de trabajo de mis sueños.

Y pensé en mi amiga Lucrecia. Que tanto me había dado en la vida, y yo sin embargo, sin confiar en ella fui objetiva, dando un trato de favor a una desalmada que no comprendía la maldad de sus actos hacia mi persona.

Mi vida se había desmoronado.


Me levante, cogí mis cosas más personales y a pesar de la noche y el frío salí a la calle a llorar desconsoladamente. Llame por teléfono y solo tardo diez minutos en llegar con su coche.

—Hola Lucrecia —ella entendió que no hacía falta más palabras.

—Hola Bárbara —se bajó dándome un abrazo—. Vamos… te llevo a mi casa que Rafa nos está esperando con la chimenea encendida.

—Gracias

Mi actualidad.

Lucrecia se ha casado con Rafa y esperan su primer hijo viviendo enamorados cada día.

Laura sigue disfrutando el trabajo que me quito a mí…

Y yo, de nuevo estoy buscando donde vivir pero esta vez será una casa, porque con mi nuevo salario me lo puedo permitir. El trabajo que acabo de conseguir, jefa de personal, en la empresa que trabaja Laura me lo proporcionara pero la cuestión es…

¿Aprenderé de mis errores y no tomare venganza?

FIN

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